Danzas de la muerte en la cripta de San José, Cartagena


Clavada sobre los restos de la poderosa muralla púnica de Cartagena [Historias de Cartagena]. Allí construyeron la ermita de San José, seguramente aprovechando como cimientos la edificación defensiva que frenó el primer envite de las tropas romanas de Publio Cornelio Escipión.

Según las investigaciones realizadas, dos cofradías fueron las que ubicaron su sede en dicha ermita a finales siglo XVII. La propia de San José y la que veneraba a San Juan Nepomuceno. Alguna de estas dos cofradías levantó con sus caudales, la espectacular cripta funeraria que hoy día podemos contemplar. 

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Los pertenecientes al gremio abonaban cuotas a lo largo de su vida, a modo de seguro. Tras su muerte, la cofradía se encargaba de todo. Esta práctica de enterrar en las iglesias, era muy común en la época y quedaría derogada en los primeros años del siglo XIX. Una cosa curiosa es la cantidad de Cruces de Caravaca que se han encontrado en los nichos. Mucha era la devoción que se le tenía a la reliquia, por lo que vemos.

Una vez enterrados los cuerpos y sellados los nichos, la pared se enlució con una capa de yeso y sobre ella se pintaron espectaculares frescos. Esqueletos que realizan “danzas de la muerte” medievales que narran la fugacidad de la vida y la victoria de la muerte sobre los poderes temporales y mundanos.

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Una corona real y una tiara pontificia

Especialmente llamativo es aquel cuerpo esquelético que pisa una bandera con una corona real y una tiara pontificia. Llegada la hora, ni los reyes, ni los Papas se salvan de la guadaña.

Lamentablemente, este fresco en concreto está casi en su totalidad desaparecido. No se ha podido frenar el deteriodo, a causa de los factores ambientales, que han sufrido las pinturas desde su descubrimiento. Se han intentado recuperar de varias formas pero sin resultado. Tal vez unos paneles fotográficos o mejor, unas proyecciones sobre la pared, podrían “revivir” de nuevo estas pinturas.

Así es. Tal vez los antiguos e inumados cofrades de la ermita de San José de Cartagena, en su recelo, no hayan querido compartir con nosotros estas obras de arte tan privadas.

Nadie está a salvo de la guadaña. Ni siquiera estas pinturas. Ironías de la vida, o de la muerte.

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